Un mes más nos encontramos con Momento Musical, esa cita con nuestras vivencias y nuestros recuerdos a través de la música.
Hoy es un día especial. Especial por varios motivos: hoy es Santa Cecilia, patrona de la música, así que es nuestro día.
Además, hoy mi blog cumple un año. Las estadísticas dicen que un porcentaje altísimo de blog no llegan a su primer año de vida, así que no vamos mal del todo.
Y para celebrarlo no he organizado sorteos, ni grandes fiestas; solo quiero compartir con vosotros, con los que estaban conmigo hace más de un año y con todos los que os habéis incorporado a mi vida gracias a esta aventura del 2.0, un Momento Musical de Cine especial.
La música es una parte esencial del cine, de eso no hay duda. Ahora no somos capaces de concebir una película sin una buena ambientación sonora que realce las escenas, que les de más intensidad y emoción. Pero esto no siempre fue así.
En los comienzos del cine no existía el sonido, ni para los diálogos ni por supuesto para la música. Pero a pesar de que las cintas de cine no sonaban, no se concebían sin música y era necesaria la figura del pianista de cine.
Mi abuelo fue uno de esos pianistas. De mi abuelo se podrían hablar miles y miles de cosas, fue un hombre realmente excepcional, fuera de serie, de esas personas únicas con una enorme inteligencia y un más enorme corazón.
Siempre he oído contar en la familia la historia del abuelo tocando en el cine mudo de Zaragoza mientras en el atril tenía los libros de la carrera de medicina que estaba estudiando. Mi abuelo era capaz de eso y mucho más. Esa imagen me ha acompañado siempre como el ejemplo del equilibrio entre lo creativo y lo racional, como ejemplo de trabajo, como ejemplo de capacidad y tesón.
Mi abuelo tenía unas manos muy especiales que recuerdo perfectamente: largas, estilizadas, con los huesos y las venas muy marcadas, pálidas y ágiles. Manos que ya habría querido yo heredar (las mías son pequeñitas, y eso me ha hecho tener que esforzarme un montón) manos que veo deslizarse por el teclado del piano, que me hubiera gustado escuchar mucho más.
Siempre que salgo a un escenario a tocar, sé que él está ahí conmigo. Pienso, o me gustaría creer, que parte de su música permanece conmigo.
La música de la película Casablanca siempre me ha recordado a él, a aquella escena de cine antiguo. Me imagino al Abuelo Alfredo tocando entre el humo de aquel viejo café. Sus manos recorriendo el teclado de aquel piano gastado. Veo la imagen en blanco y negro y noto que todo mi cuerpo se estremece. Siento una conexión muy fuerte con el pasado y me considero una auténtica privilegiada por poder hablar y entender el lenguaje de la música; un lenguaje universal que es capaz de acortar distancias, de unir el pasado con el presente, de conectar a gente de la más diversa condición. La música es capaz de llevarnos a lugares imposibles.
He querido celebrar este año del blog compartiendo un pedazo muy íntimo de mi historia para daros las gracias por estar, por haber hecho que en este año sucedieran cosas increíbles gracias a La Isla de la Música. Un blog que voy llevando a trompicones, no sin dificultad, pero en el que intento transmitir todo aquello que me importa y soy.
Muchas gracias.
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